De esto se deriva el armonioso equilibrio de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo. Con la enseñanza de la fe católica, con la exhortación a la observación de los preceptos cristianos, la Iglesia prepara el camino a su acción propiamente sacerdotal y santificadora; nos dispone a una más íntima contemplación de la vida del divino Redentor y nos conduce a un conocimiento más profundo de los misterios de la fe, para recabar de ellos el alimento sobrenatural y la fuerza para un seguro progreso en la vida perfecta, por medio de Jesucristo. No sólo por obra de sus ministros, sino también por la de cada uno de los fieles embebidos de este modo en el espíritu de Jesucristo, la Iglesia se esfuerza por compenetrar con este mismo espíritu la vida y la actividad privada, conyugal, social y aun económica y política de los hombres, para que todos los que se llaman hijos de Dios puedan conseguir más fácilmente su fin.
De esta suerte, la acción privada y el esfuerzo ascético dirigido a la purificación del alma estimulan las energías de los fieles y los disponen a participar con mejores disposiciones en el augusto sacrificio del altar, a recibir los sacramentos con mayor fruto y a celebrar los sagrados ritos de manera que salgan de ellos más animados y formados para la oración y cristiana abnegación, a corresponder activamente a las inspiraciones y a las invitaciones de la gracia, y a imitar cada día más las virtudes del Redentor, no sólo para su propio provecho, sino también para el de todo el cuerpo de la Iglesia, en el cual todo el bien que se hace proviene de la virtud de la Cabeza y redunda en beneficio de los miembros
CARTA ENCÍCLICA MEDIATOR DEI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XII SOBRE LA SAGRADA LITURGIA
Evangelio según san Mateo, 5: 14- 16 «Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad que está puesta sobre un monte no se puede esconder. Ni encienden una antorcha y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. A este modo ha de brillar vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos». (vv. 14- 16)
Esto es, cuando enseñéis iluminad de tal modo que, no sólo oigan vuestras palabras, sino que vean también vuestras buenas obras, con el objeto de que aquellos a quienes iluminéis con la palabra como luz, los condimentéis con el ejemplo, como sal. Dan gloria a Dios aquellos maestros que enseñan y obran bien, porque las disposiciones del Señor se manifiestan en las costumbres de sus ministros. Por ello sigue: «Y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos»
Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Es absolutamente equivocado decir que el Nuevo Testamento pasa la prueba de la evidencia interna. ¡El Nuevo Testamento está lleno de contradicciones! Luego, no se prueba la conclusión de la primera vía.
Respuesta: Para responder a esta objeción primero hay que entender bien las reglas y criterios a los que deben ceñirse los historiadores para aplicar correctamente la prueba de la evidencia interna. Una de estas reglas es que frente a una aparente inconsistencia o contradicción, el analista debe seguir aquel postulado de Aristóteles de acuerdo con el cual “el beneficio de la duda ha de ser dado al documento, y no debe arrogárselo el crítico para sí mismo”. En otras palabras, haciendo una analogía jurídica, el documento se considera “inocente” hasta que no se pruebe lo contrario. Por tanto, como bien ha señalado el académico John W. Montgomery, “uno debe dar atención a las afirmaciones del documento bajo análisis, y no suponer fraude o error excepto si el autor se descalifica por contradicciones o por inexactitudes factuales conocidas”. Y no solo eso. Aún en el caso en que el historiador se encuentre con lo que le parece una contradicción debe hacerse tres preguntas antes de proclamarla como tal:
1) ¿hemos comprendido bien este pasaje?, 2) ¿poseemos el conocimiento suficiente acerca de esta cuestión?, y 3) ¿podemos arrojar alguna luz adicional sobre esto a través de la investigación documental y arqueológica? Solo después de ello puede darse un juicio intelectualmente honesto sobre el tema.
Pues bien, dado ese contexto, ¿es el Nuevo Testamento un libro “plagado de contradicciones” como pretende la objeción? Al parecer no. Cuando le aplicamos al análisis del Nuevo Testamento los criterios mencionados varias de las “insalvables contradicciones” de las que nos hablan los críticos se muestran como puramente aparentes. Como muestra de ello responderemos brevemente a algunas de las “contradicciones” que más comúnmente se plantean:
¿Cuántos eran los endemoniados de Gadara? Dos (Mateo 8: 28- 34). Uno (Lucas 8: 26- 39): Eran dos. Lucas solo narra lo que sucedió con uno, probablemente el más fiero. Por tanto, no hay contradicción.
Consolación de la filosofía (en latín original De consolatione Philosophiae)
es una obra escrita por el filósofo romano Boecio en forma de prosimetrum durante los últimos años de su vida (murió aproximadamente en 524). Se ha descrito como la obra más importante e influyente en el Occidente cristiano medieval y del Renacimiento temprano, así como la última gran obra occidental del periodo clásico
Un ser Perfecto no puede crear algo imperfecto Argumento: Si Dios existe, entonces debe ser Perfecto y, además, el Creador del universo. Pero es evidente que el universo es imperfecto. Por tanto, no puede haber sido hecho por un ser Perfecto. Luego, Dios no existe.
Refutación: He aquí el tercer “argumento” presentado por Faure para demostrar la inexistencia de Dios. En específico, él nos dice: “Hay siempre entre la obra y el autor de ella una relación rigurosa, estrecha, matemática; así, siendo el universo una obra imperfecta tenemos que el autor de esta obra no puede ser sino imperfecto. Este silogismo conduce a poner en evidencia la imperfección del Dios de los creyentes y, por consiguiente, a negarlo”.
Sin embargo este argumento no se inicia con Faure sino que viene desde mucho antes. Así, por ejemplo, el pensador anarquista ruso Mijail Bakunin escribe a finales del siglo XIX, en su obra Dios y el Estado, que “una creación imperfecta supondría necesariamente un creador imperfecto” con lo cual “se ve de todas maneras, que la existencia de Dios es incompatible con la del mundo. Si existe el mundo, Dios no puede existir”. Para responder a este argumento lo primero que hay que comprender es que -al contrario de lo que pretende el argumento- el universo no es propiamente imperfecto sino más bien perfectible. Y es que, como bien decía Santo Tomás de Aquino, “algo es perfecto en cuanto que está en acto” y el universo ni está completamente en potencia (con lo cual sería en sí imperfecto) ni está completamente en acto (con lo cual sería plenamente perfecto), sino más bien en movimiento, es decir, en un paso continuo de la potencia al acto en cada una de sus formas y partes, siendo que la actualización de estas potencias no la tiene primariamente por sí mismo sino más bien en virtud de otro “ya que un ser en potencia no pasa a ser en acto si no es por otro ser en acto”.
Ahora bien, este ser que está en acto puro y que actualiza las potencias y perfecciones de todas las cosas del universo teniendo en sí la Perfección Suma y Completa es el que todos conocemos con el nombre de Dios. Por consiguiente, si bien es imposible pensar en la existencia de una creación intrínsecamente imperfecta salida de las manos de un creador Perfecto, no hay ningún problema con pensar en una creación dinámicamente perfectible cuyas potencias y perfecciones se van desplegando de acuerdo a lo pre- establecido por un creador Perfecto. Pero, si ese creador es Perfecto, ¿no debería necesariamente desplegar del todo las potencias y perfecciones del universo? No necesariamente. Y es que entre Dios y la creación no existe “una relación rigurosa, estrecha y matemática” como pretende Faure. La creación no se deriva necesariamente del ser de Dios como si se tratase de una emanación de su Esencia, sino que más bien es consecuencia de una decisión libre de su Voluntad y de ahí su contingencia, dado que podría haber no existido. ¿Significa esto que la Voluntad de Dios es contingente? De ningún modo. Escribe Santo Tomás de Aquino: “Como la bondad de Dios es perfecta y puede existir sin los demás seres, que ninguna perfección pueden añadirle, no es absolutamente necesario que quiera cosas distintas de Él; y sin embargo, lo es por hipótesis o suposición, pues supuesto que las quiere, no puede no quererlas, porque su voluntad no puede cambiar”. En otras palabras, Dios puede querer necesariamente que hayan cosas contingentes. Por tanto, no es propiamente la Perfección de Dios la que depende del grado de perfección de las cosas- sino más bien es el grado de perfección de las cosas el que depende de la Perfección de Dios puesto que en el orden de la perfección, si bien puede decirse de algún modo que la criatura es semejante a Dios, no puede decirse, sin embargo, que Dios sea semejante a la criatura. Así pues, resumiendo, podríamos decir que la falta de perfección de las cosas demuestra que ellas no son Dios y su perfectibilidad demuestra que proceden de Dios, de manera que la existencia de Dios se hace compatible con la del mundo.
En consecuencia, invirtiendo lo dicho por Bakunin, considerada su perfectibilidad, si existe el mundo, Dios tiene que existir. Queda, pues, refutado el “argumento”.
Sebastián Faure, Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios, París, 1926, 3er argumento.
Mijail Bakunin, Dios y el Estado, Proyecto Espartaco 2000-2001, pp. 85-86.
Como un contexto sociohistórico cuyas notas distintivas, íntimamente interrelacionadas entre sí, están dadas por un proceso de racionalización creciente que llevó en la cultura a la secularización pluralista, en la economía al mercado y en la política al Estado burocrático. Lo que interesa particularmente de este contexto sociohistórico es la posibilidad que en él se despliega de concebir estos órdenes bajo sus propias lógicas de funcionamiento; lo que interesa es la diferenciación de los subsistemas funcionales que los vuelve penetrables desde fuera. Porque solo a partir de esta circunstancia histórica quedará la cultura, objeto de máximo interés para este libro, como orden autoconsciente, identificable como campo de acción y transformación deliberada, como realidad instrumental, disponible para ser explorada, explotada, conducida, reconducida, manipulada, atacada, defendida, diseñada y, en definitiva, conscientemente transformada o conservada en batallas culturales en las que empezará a disputarse gran parte del cambio social.
AGUSTIN LAJE, LA BATALLA CULTURAL REFLEXIONES CRÍTICAS PARA UNA NUEVA DERECHA
En los países occidentales se está extendiendo una extraña tendencia: los padres educan a sus hijos de manera neutral en cuanto al GêNēR0. Miranda, Kim y Jelly Rudklint, una familia de Estocolmo, es un ejemplo de ello. Kim (el padre) es trªnsėxüål y poco a poco se convierte en «mujer» al tomar hormonas. La madre Miranda se muestra ante la cámara con su hijo a una distancia prudencial, pero dice que «sabe» que es un error tratar a los niños como niños y a las niñas como niñas. El niño Jelly, cuyo GêNēR0 los padres no nombran, debe crecer en un mundo sin «clichés de GêNēR0» y sin estereotipos. Para confundir al niño desde el principio, Miranda y Kim decidieron durante el embarazo no hablar del niño usando «él» o «ella», sino el pronombre sueco de GêNēR0 neutro «hen», que ahora ha llegado incluso al diccionario sueco
De una carta de san Luis Gonzaga, dirigida a su madre
(Acta Sanctorum Iunii 5, 878) CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR
Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás. Te he de confesar, ilustre señora, que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado. Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esa infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a vernos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos. Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte su bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te escribo porque estoy convencido de que esta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo
SEÑOR, alimentados con el pan de los ángeles, haz que, a ejemplo de san Luis Gonzaga, te sirvamos con una vida pura y permanezcamos en continua acción de gracias. Por Jesucristo, nuestro Señor