Nada, pues, debe alegrar tanto al que te ama y reconoce tus beneficios, como que tu voluntad se cumpla en él, conforme al beneplácito de tu eterna providencia.
Con la cual debe estar tan contento y alegre, que con tanto gusto quiera ser el más pequeño como otro quisiera ser el más grande, y ocupar el último lugar tan satisfecho y tranquilo como si el primero ocupase, y con tanto gusto ser despreciable y humilde, sin fama alguna ni renombre, como si fuese el más grande y famoso del mundo
Porque tu voluntad y el amor de tu honra debe estar por encima de todo; debiendo consolarle y agradarle más que cuantos beneficios le hiciste o le hicieres.
Esto es mejor: portarte humildemente con tu Dios (Miqueas 6)
Una defensa eficaz de la justicia se debe apoyar sobre la verdad del hombre, creado a imagen de Dios y llamado a la gracia de la filiación divina. El reconocimiento de la verdadera relación del hombre con Dios constituye el fundamento de la justicia que regula las relaciones entre los hombres. Por esta razón la lucha por los derechos del hombre, que la Iglesia no cesa de recordar, constituye el auténtico combate por la justicia. La verdad del hombre exige que este combate se lleve a cabo por medios conformes a la dignidad humana. Por esta razón el recurso sistemático y deliberado a la violencia ciega, venga de donde venga, debe ser condenado[32]. El tener confianza en los medios violentos con la esperanza de instaurar más justicia es ser víctima de una ilusión mortal. La violencia engendra violencia y degrada al hombre. Ultraja la dignidad del hombre en la persona de las víctimas y envilece esta misma dignidad en quienes la practican. La urgencia de reformas radicales de las estructuras que producen la miseria y constituyen ellas mismas formas de violencia no puede hacer perder de vista que la fuente de las injusticias está en el corazón de los hombres. Solamente recurriendo a las capacidades éticas de la persona y a la perpetua necesidad de conversión interior se obtendrán los cambios sociales que estarán verdaderamente al servicio del hombre[33]. Pues a medida que los hombres, conscientes del sentido de su responsabilidad, colaboran libremente, con su iniciativa y solidaridad, en los cambios necesarios, crecerán en humanidad. La inversión entre moralidad y estructuras conlleva una antropología materialista incompatible con la verdad del hombre. Camilo Torres Restrepo, «el cura guerrillero», que llegó al marxismo desde el cristianismo y es icono del Ejército de Liberación Nacional (ELN) su frase: «El deber de todo cristiano es ser revolucionario, y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución».
Los acontecimientos dolorosos son inevitables, pero llenarse de rencor sí se puede evitar. El problema no fue el acto concreto que otro hizo y nos causó dolor, sino la manera en que lo asumimos, sin Cristo, con soberbia, y así se introdujo la semilla del odio en el corazón. Para perdonar al otro, debemos vivir todos estos momentos con Cristo, desde la cruz, y como auténticos discípulos de Jesús gritar con san Esteban: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Así pues, perdonar no es estrictamente olvidar, sino recordar sin dolor
Cristo crucificado FRANCISCO DE ZURBARÁN, 1598 – 1664
Evangelio según san Mateo, 3: 7- 10 Viendo a muchos fariseos y saduceos que venían a bautizarse, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la justicia que sobre vosotros venía? Haced frutos dignos de penitencia. Y no queráis decir dentro de vosotros mismos: Tenemos por padre a Abraham, porque en verdad os digo, que Dios puede suscitar hijos de Abraham de estas piedras. Ya la segur está puesta a la raíz del árbol. Todo árbol que no dé frutos buenos, será cortado y arrojado al fuego». (vv. 7- 10)
Cuatro son las especies de los árboles: una es toda seca, a quien se asemejan los paganos; otra verde, pero sin fruto, a quien se comparan los hipócritas; la tercera verde y dando fruto, pero fruto envenenado, a quien se comparan los herejes; la cuarta también verde y dando buenos frutos, a quien se comparan los católicos verdaderos
Excelencia, usted se ha referido a la actual crisis de la Iglesia como la peor que ha padecido. Como cristianos, ¿cómo tenemos que entender esta crisis con una mirada trascendente, es decir, desde una perspectiva sobrenatural? ¿Se podría decir que la actual crisis es la participación de la Iglesia en la Sagrada Pasión del Señor?
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. En ese sentido, la Iglesia es el propio Cristo viviendo a través de la historia hasta el fin de los tiempos. Esto ya fue así desde el comienzo de la existencia de la Iglesia, cuando tuvo que soportar sufrimiento y persecución de manos de los jefes de la Sinagoga, en particular de mano de un fariseo llamado Saulo. En el momento de su conversión ante las puertas de Damasco, Saulo escuchó las palabras de Cristo, según las cuales Jesús se identificaba a sí mismo con Su Iglesia perseguida: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). En una época cuando la persecución de la Iglesia era interna, como fue el caso del arrianismo en el siglo cuarto, san Hilario—el Atanasio del Oeste— hizo la siguiente declaración alentadora: “En esto consiste la particular naturaleza de la Iglesia, que triunfa cuando es derrotada, que se entiende mejor cuando es atacada, que se levanta cuando sus infieles miembros desertan” (De Trin. 7,4).
Aleluya, aleluya, aleluya. Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Toda carne verá la salvación de Dios. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO Mt 17, 10-13.
Elías ya ha venido, y no lo reconocieron.
Lectura del santo Evangelio según San Mateo.
CUANDO bajaban del monte, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?». Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos». Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.
Su obediencia se hizo más ciega aún, cuando dejó el cincel e hizo con gran alegría cualquier otro trabajo, hasta los más humildes
-Cuando estás en el laboratorio y te llaman para hacer la polenta ¿no te enojas? -le preguntaba el párroco-
-Aquí está lo bueno -contestaba- porque el trabajo de escultor lo puede hacer otro en mi lugar, mientras que los méritos puedo conquistarlos solo y personalmente
Otro Sacerdote le decía más o menos las mismas palabras:
-Usted tendría que ocuparse únicamente de su trabajo, y dejar de lado los trabajos humildes y de poca importancia
-Fran Claudio sonrió a estas palabras y contestó: ¿Pero usted cree que al Señor le importa una estatua? !Lo que El quiere es la obediencia!, la obediencia es mejor que cien estatuas por más artísticas que sean! Los superiores saben lo que hacen. A mi me conviene trabajar de albañil; así gano más. Se gana cuando se obra en contra de nuestra voluntad y cumple uno la voluntad de sus superiores, que es la voluntad de Dios.
Muchas veces fué enviado a pedir limosna, y siempre obedeció sin hacer más mínima objeción
En su casa parroquial, en el sur de Piave, le sucedió un caso curioso, al ir a solicitar al párroco el permiso para pedir limosna. El buen sacerdote que estaba un poco nervioso ese día, mirando a Fray Claudio le dijo: -Si se hubiese quedado en el convento, habría sido mucho mejor y habría molestado menos!
¿Cuántos años hace que es usted religioso? -le preguntó acto seguido
-Cuatro años, Reverendo
-Ah! ¿Hace cuatro años?… Entonces hace poco! Y antes se ha paseado por el mundo, ¿no es así? Y… ¿de dónde es usted?
-Soy de Santa Lucia di Piave
-¿Es usted de Santa Lucia? Oh! Esos si que tienen una linda iglesia! ! y la pila de agua bendita! !Y la estatua de Santa Lucia!, Y son obras de un escultor de pueblo!, un gran escultor! Lo conoce usted?
-Si, si lo conozco muy bien
– Y usted Hermano que oficio tiene? campesino, zapatero, albañil?
-Si reverendo, era albañil
Y Fray Claudio se quedaba parado ahí, con la alforja en el hombro , insensible, como si no se tratara de él
-Ahora que le miro bien- continuó el sacerdote- me parece haberlo visto en Santa Lucia. Pasando una vez delante del laboratorio de ese escultor, vi a dos hombres alrededor de un bloque de mármol y uno de ellos se parecía mucho a usted. ¿Era tal vez usted?
– Si reverendo, puede ser que haya sido yo
Frente a la humildad del fraile, el buen párroco se tranquilizó por completo, y le concedió el permiso que le había pedido
Señor, aún considero como gran beneficio tuyo el no tener mucho de eso que, según las exteriores apariencias y estimación humana, es honroso y glorioso
De manera que al considerar uno su pobreza y humilde condición, no sólo no debe parecerle cosa dura, ni entristecerse y abatirse; sino que debe sentir más bien gran alegría y consuelo: porque tú, Dios mío, escogiste a los pobres, a los humildes, a los que el mundo desprecia, para que fueran tus colaboradores y amigos
Testigos de ellos son los apóstoles mismos a quienes hiciste príncipes sobre toda la tierra
Y sin embargo, vivieron en el mundo sin quejarse, tan sencillos y tan humildes, tan sin engaño ni malicia, que hasta se regocijaban de recibir humillaciones por tu nombre, aceptando ellos con gran amor lo que el mundo tanto aborrece
Las exigencias de la promoción humana y de una liberación auténtica, solamente se comprenden a partir de la tarea evangelizadora tomada en su integridad. Esta liberación tiene como pilares indispensables la verdad sobre Jesucristo el Salvador, la verdad sobre la Iglesia, la verdad sobre el hombre y sobre su dignidad[30]. La Iglesia, que quiere ser en el mundo entero la Iglesia de los pobres, intenta servir a la noble lucha por la verdad y por la justicia, a la luz de las Bienaventuranzas, y ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón. La Iglesia habla a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. Es « la Iglesia universal. La Iglesia del misterio de la encarnación. No es la Iglesia de una clase o de una sola casta. Ella habla en nombre de la verdad misma. Esta verdad es realista ». Ella conduce a tener en cuenta « toda realidad humana, toda injusticia, toda tensión, toda lucha »