San Juan Pablo II, Enhcíclica «Veritatis Splendor» nº 84:
«La pregunta de Pilato: «¿Qué es la verdad?», emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dóndeviene ni a dónde va. Y así asistimos no pocas veces al pavoroso precipitarse de la persona humana en situaciones de autodestrucción progresiva. De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. Está ante los ojos de todos el desprecio de la vida humana ya concebida y aún no nacida; la violación permanente de derechos fundamentales de la persona; la inicua destrucción de bienes necesarios para una vida meramente humana. Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación».
La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios (cf. DH 14).
Aleluya, aleluya, aleluya. Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO Mc 6, 30-34.
Andaban como ovejas sin pastor.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
La iglesia nos manda, pues a creer, que Nuestro Señor en la última Cena, no solamente transubstancia el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, sino que además los ofreció a Dios Padre, e instituyó así el sacrificio del Nuevo Testamento en su propia persona, ejerciendo de esa manera su ministerio de Sacerdote, según el orden de Melquisedec. La Sagrada Escritura dice: Melquisedec, rey de Salem ofreció pan y vino, porque era sacerdote del Todopoderoso, y bendijo a Abraham». En verdad, el texto no dice expresamente que Melquisedec haya ofrecido sacrificio a Dios; pero desde el principio, la Iglesia lo ha comprendido así, los Santos Padres lo interpretaron de esta manera y David lo afirmó diciendo: El Señor lo ha jurado, y no será perjuro: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. Que Melquisedec y Nuestro Señor han sacrificado verdaderamente, lo deducimos de lo que dice San Pablo «Todo pontífice está establecido para ofrecer dones y víctimas» Hebreos 8,3
(Sobre la Eucaristía y el fuego purificador del Sacrificio) Para los Católicos, la Misa ocupa un lugar central en la vida. En la «fracción del pan» que encontramos en los Hechos de los Apóstoles y que identificó, como signo distintivo, la vida de los cristianos (Hechos 2, 42), Es la «oblación pura» predicha por el profeta Malaquías 1, 11. Es el cumplimiento del mandato explícito de Jesús en la Última Cena (Lucas 22,19) Importante es recordar:
He 4,12: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón
Cada 7 de febrero, en Portugal se celebra la «fiesta» de las Cinco Lllagas del Señor. El inmediatamente siguiente es el Prefacio propio en portugués. La traducción al castellano que le sigue se ha realizado, no para ser empleado en esta lengua, sino como homenaje al Señor Crucificado y Resucitado y a sus sagradas Llagas, «quíntuple abrir de inmarcesibles rosas», como poéticamente se refiere a ellas la versión en español de un himno de la Liturgia de las Horas:
PREFÁCIO
As santas Chagas de Cristo na cruz
V. O Senhor esteja convosco. R. Ele está no meio de nós.
V. Corações ao alto. R. O nosso coração está em Deus.
V. Dêmos graças ao Senhor nosso Deus. R. É nosso dever, é nossa salvação.
Senhor, Pai santo, Deus eterno e omnipotente, é verdadeiramente nosso dever, é nossa salvação dar-Vos graças, sempre e em toda a parte, por Cristo nosso Senhor.
Ele foi trespassado por causa das nossas culpas e suportou as nossas enfermidades em seu Corpo, sobre o madeiro da cruz, para que, mortos para o pecado, vivamos, pelo seu Sangue, para a justiça e santidade e, fortalecidos na fé, enraizados na caridade, firmes na esperança, alcancemos a herança da vida eterna.
Por isso, com os Anjos e os Santos, proclamamos a vossa glória, cantando numa só voz:
Santo, Santo, Santo…
PREFACIO
V. El Señor esté con vosotros. R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón. R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Él fue traspasado por nuestras faltas y soportó nuestras enfermedades en su cuerpo sobre el madero de la Cruz, para que, muertos al pecado, vivamos, por su Sangre, en justicia y santidad y, fortalecidos en la fe, arraigados en la caridad y firmes en la esperanza, alcancemos la herencia de la vida eterna.
Por eso, con los Ángeles y Santos, proclamamos tu gloria, cantando a una sola voz:
El Romano Pontífice y los obispos como “maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo [] predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica” (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.