Categoría: Oración

Secuencia de epifanía

Ad Jesum accurite
Corda vestra subdite
Regi novo Gentium.

Stella foris prædicat,
Intus fides indicat
Redemptorem omnium.

Huc afferte munera
Voluntate libera,
Sed munera cordium.

Hæc erit gratissima
Salvatori victima
Mentis sacrificium.

Offert aurum caritas,
Et myrrham austeritas,
Et thus desiderium.

Auro Rex agnoscitur,
Homo myrrha, colitur
Thure Deus Gentium.

Judæa, gaudentibus
Non invide Gentibus
Relectum mysterium.

Post custodes ovium,
Se Magi fidelium
Jungunt in consortium.

Qui Judæos advocat
Christus Gentes convocat
In unum tugurium.

Bethléem fit hodie
Totius Ecclesiæ
Nascentis exordium.

Regnet Christus cordibus,
Et victis rebellibus
Proferat imperium. Amen.

Volveos hacia Jesús;
someted vuestros corazones
al nuevo Rey de las naciones.

La estrella anuncia exteriormente dónde nació,
pero la fe señala en los corazones,
al Redentor de todos los hombres.

Apresuraos a ofrecerle regalos,
pero que sean la ofrenda
voluntaria de vuestros corazones.

Este será el más agradable sacrificio
espiritual para el Salvador.

Ofrecedle el oro de la caridad,
la mirra de la austeridad
y el incienso de la (santa) aspiración.

Con oro se proclama su Realeza;
con mirra se atestigua su humanidad;
y con incienso, se confiesa al Dios de todos los pueblos.

Judíos, no reveléis vosotros a los gentiles
el conocimiento que recibisteis
de este divino Misterio.

Los Magos siguen
de cerca a los pastores
y se unen a los fieles.

Y así, el mismo Jesucristo
que llamó a los judíos, convoca
también a los gentiles en un Pesebre.
Hoy Belén se hizo la cuna
de la Iglesia naciente.

Que Jesús reine en los corazones;
y derrotados los (enemigos) rebeldes,
se expanda su Imperio. Amén.

Quia tu es, Deus, fortitudo mea

Quia tu es, Deus, fortitudo
mea: quare me repulisti, et quare
tristis incedo, dum affligit me
inimicus?

Siendo tu, oh Dios mi fortaleza
¿cómo me siento yo desamparado,
y por qué ando triste al verme
molestado por mi enemigo?

Te Deum

Te Deum laudamus: te Dominum confitemur.
Te æternum Patrem omnis terra veneratur.
Tibi omnes Angeli; tibi cæli et universæ Potestates;
Tibi Cherubim et Seraphim incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt cæli et terra maiestatis gloriæ tuæ

Te gloriosus Apostolorum chorus,
Te Prophetarum laudabilis numerus,
Te Martyrum candidatus laudat exercitus.
Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensæ maiestatis:

Venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu Rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes, in gloria Patris.
Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni:
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria numerari.

Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic hereditati tuae.
Et rege eos, et extolle illos usque in aeternum.
Per singulos dies benedicimus te;
Et laudamus Nomen tuum in saeculum, et in saeculum saeculi.
Dignare, Domine, die isto sine peccato nos custodire.
Miserere nostri Domine,
miserere nostri.
Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quemadmodum speravimus in te.
In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum

Los consejos evangélicos

manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se ve contenta por no poder darse más. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo.

Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno: «Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, 8, 6).

La ley nueva

Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad (cf Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q 184, a 3).

La ley nueva

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad (cf St 1, 25; 2, 12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo “que ignora lo que hace su señor”, a la de amigo de Cristo, “porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15), o también a la condición de hijo heredero (cf Ga 4, 1-7 21-31; Rm 8, 15).

Enseñanza de los apóstoles

Al Sermón del monte conviene añadir la catequesis moral de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col 3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina transmite la enseñanza del Señor con la autoridad de los Apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que se derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don del Espíritu Santo “Vuestra caridad sea sin fingimiento amándoos cordialmente los unos a los otros con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad” (Rm 12, 9-13). Esta catequesis nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5, 10)