Era, en muchos aspectos, como la de los demás apóstoles. Compartía la autoridad con ellos; les consultaba los diversos asuntos; recibía de ellos la corrección oportuna. Pero siempre le tocaba a él asumir la responsabilidad última. en Hechos 1, Pedro lideró al colegio apostólico para resolver la crisis abierta por la muerte de Judas. En Hechos 11, al tener que hacer frente al «partido de la circuncisión», Pedro simplemente les explicó lo que Dios le había manifestado a él; y el recelo inicial se terminó inmediatamente, sin disenso, ni discusión, ni preguntas. «Al oír este se tranquilizaron (Hechos 11, 18) En el Concilio de Jerusalén (Hechos 15), fue Pedro quien clausuró el debate (Hechos 15, 7-12). Definió la doctrina que luego confirmó y concreto Santiago (Hechos 15, 14-18)
Honor y Alabanzas os sean dados, dulcísimo Jesús, por el inmenso amor que os hace bajar del cielo en cada Misa, donde el pan y el vino se convierten en vuestro Cuerpo y vuestra Sangre, os ocultaís bajo estas viles apariencias, desarmáis la cólera de vuestro Padre, y obteneis la remisión de las penas que hemos merecido.. Tiernamente os damos gracias por este beneficio inestimables; os alabamos, os bendecimos, os glorificamos con toda nuestra alma. Suplicamos a las potestades del Cielo suplan la insuficiencia de nuestras acciones de gracias. Oh Jesús, dignaos abrir los ojos de nuestro espíritu, para que adelantando cada día en el conocimiento de los grandes misterios del Santo Sacrificio, podamos honrarle dignamente y aplicarle por nuestra salvación.
I Corintios 3:3 pues todavía sois carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia, ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?
El Magisterio de la Iglesia, desde sus inicios, y en unanimidad con los Padres de la Iglesia, ha sido claro en enseñar que «la pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (Catecismo, 1035).
Respecto de esta pena del infierno, ha dicho San Agustín: “perecer para el Reino de Dios, expatriarse de la ciudad de Dios, enajenarse de la vida de Dios, carecer de la inmensa dulzura de Dios… es una pena tan grande, que no puede haber tormento alguno entre los conocidos que se le pueda comparar”
es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (San Agustín, Enarratio in Psalmum 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.
Aleluya, aleluya, aleluya. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO Mc 5, 1-20.
Espíritu inmundo, sal de este hombre.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos
EN aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes». Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos». El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar. Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca. Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti». El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
Júzgate a ti mismo, pero no te dediques a Juzgar los hechos de los demás. Cuando uno se dedica a juzgar a los demás pierde el tiempo, se equivoca casi siempre, y fácilmente peca. Pero cuando se examina uno a sí mismo y juzga lo que ha hecho, dicho o pensado, ese trabajo sí le produce provecho.No juzguéis a los otros, para que Dios No os juzgue a vosotros. Pues Dios os juzgará de la misma manera que juzguéis a los demás, y con la misma medida con que midáis a los otros, Dios os medirá a vosotros (Mateo 7, 11)
Cuando Ananías ocultó información sobre su ofrenda a los apóstoles, se le condena no por mentir a Pedro (a quien obviamente trató de engañar), sino por querer mentir al Espíritu Santo (Hechos 5, 3). No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al juzgar, Pedro actuaba como Vicario de Cristo. Mentir a Pedro era mentir a Dios mismo. Para Ananías, ese pecado fue mortal en todos los sentidos. En efecto, cayó muerto inmediatamente.
Un día, prosternada durante la Misa, inmediatamente antes de la Consagración, dije a Nuestro Señor !Oh dulce Jesús! La obra que vais a llevar a cabo es tan excelente y sublime, que yo, pobre criatura indigna, no me atrevo a levantar mis ojos. Es bastante para mí hundirme en la más profunda humildad, entre tanto que os dignáis darme mi parte en el sacrificio que da la vida a todos los elegidos. Cristo me respondió: Tú procura tener la firme resolución de servirme aún en medio de las mayores penas, para que este Sacrificio que es saludable a los vivos y muertos, se lleve a cabo con toda su excelencia. Así habŕas ayudado a mi obra. Santa Gertrudis (Revelaciones Libro II, c 6)