Y aprovechando esta oportunidad, renovamos ahora justamente Nuestro encargo, ya repetido, de propagar y fomentar con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con suavidad prudente hemos moderado hace poco. El único fin que le dio su autor es traer a los hombres la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia, al ejercicio de toda virtud cristiana; mucho ha de valer, por tanto, para extinguir el contagio de esas perversísimas sociedades. Auméntese, pues, cada día más esta Santa Hermandad, que, además de otros muchos frutos, puede esperarse de ella el insigne de que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el humano linaie y las siguió San Francisco: esto es, la libertad de los hijos de Dios por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás y de las pasiones, nuestros perversísimos tiranos; la fraternidad que dimana del hecho de ser Dios Nuestro creador y Padre común de todos; la igualdad que, teniendo por fundamentos la caridad v la justicia, no borra toda diferencia entre los hombres, sino que con la variedad de condiciones, deberes e inclinaciones forma aquella admirable y armoniosa concordia que pide la misma naturaleza para la utilidad y dignidad de la vida civil.
ENCÍCLICA «HUMANUM GENUS» (20-IV-1884 ACERCA DE LA. MASONERÍA Y OTRAS SECTAS LEÓN PP. XIII
No; si Dios ha creído ser digno de Él crearlos, ¿por qué ha de ser indigno de Él velar por ellos? Precisamente porque el sol es muy grande y está muy alto, sus rayos llevan a todas partes la luz y la vida. Porque Dios es infinitamente grande, no hay chico ni grande en su presencia. Hay criaturas que Él ha hecho por un acto de bondad de su corazón, y que Él conserva, sostiene y alimenta, como un padre y como una madre. Él a los pajarillos alimenta, y su bondad la creación sustenta
R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA
Honor tributado al Padre por el Verbo encarnado: en la tierra…
Efectivamente, apenas «el Verbo se hizo carne» se manifestó al mundo dotado de la dignidad sacerdotal, haciendo un acto de sumisión al Eterno Padre que había de durar todo el tiempo de su vida: «al entrar en el mundo, dice… Heme aquí que vengo… para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad»»], acto que se llevará a efecto de modo admirable en el sacrificio cruento de la cruz: «Por esta voluntad, pues, somos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo hecha una vez sola».
Toda su actividad entre los hombres no tiene otro fin. Niño, es presentado en el templo al Señor; adolescente, vuelve otra vez al lugar sagrado; más tarde acude allí frecuentemente para instruir al pueblo y para orar. Antes de iniciar el ministerio público, ayuna durante cuarenta días, y con su consejo y su ejemplo exhorta a todos a orar día y noche. Como Maestro de verdad, «alumbra a todo hombre» para que los mortales reconozcan convenientemente al Dios inmortal y no «deserten para perderse, sino que sean fieles y constantes para poner a salvo el alma»]. En cuanto Pastor, gobierna su grey, la conduce a los pastos de vida y le da una ley que observar, a fin de que ninguno se separe de El y del camino recto que El ha trazado, sino que todos vivan santamente bajo su influjo y su acción. En la última cena, con rito y aparato solemne, celebra la nueva Pascua y provee a su continuación mediante la institución divina de la Eucaristía: al día siguiente, elevado entre el cielo y la tierra, ofrece el salvador sacrificio de su vida, y de su pecho atravesado hace brotar en cierto modo los sacramentos que distribuyen a las almas los tesoros de la redención. Al hacerlo así, tiene como único fin la gloria del Padre y la santificación cada vez mayor del hombre
CARTA ENCÍCLICA MEDIATOR DEI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XII SOBRE LA SAGRADA LITURGIA
Se podría decir que los actuales tiempos marianos tuvieron su origen en 1830, cuando la Santísima Virgen se le apareció a Santa Catalina de Labouré, en París, Francia. Allí nuestra Santísima Madre le dijo que hiciera una Medalla que por un lado tuviera la imagen de los dos corazones: el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, y al reverso una imagen de Nuestra Señora con los brazos extendidos y con rayos de gracia saliendo de sus manos. Esta Medalla más tarde fue llamada “La medalla Milagrosa”. Aparición aprobada por la Iglesia.
El 16 de Septiembre de 1846, Nuestra Señora se apareció a los pequeños Maximino Giraud y Melania Calvat, en La Salette, Francia. Les advirtió sobre muchas cosas que disgustaban a Su Hijo. En 1864 les dijo que muchos demonios serían desencadenados del infierno. La Salette fue aprobada por la Iglesia en 1851. El Papa Pío IX proclamó después el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854.
Cuatro años más tarde, en 1858, Nuestra Madre Santísima se apareció en la pequeña aldea de Lourdes, Francia, a la pequeña Bernardita Soubirous y se presentó como la Inmaculada Concepción, confirmando el dogma que había proclamado Pío IX. Bernardita nunca había escuchado este término hasta que la Madre del Cielo se lo dijo. Aparición aprobada por la Iglesia.
En 1917 la Virgen se aparece a tres pastorcitos en Fátima, Portugal. Allí pidió a los obispos del mundo que se unieran para consagrar a Rusia a su Inmaculado Corazón. Advirtió que de no hacerse Rusia difundiría sus errores por todo el mundo y habría serias consecuencias. Esto ocurrió antes de la revolución soviética. Aparición aprobada por la Iglesia.
En 1961, María se apareció en Garabandal, España, donde repitió la petición de consagrar a Rusia. En Garabandal ella dijo a las videntes que el cáliz de la justicia divina se estaba llenando y que había que hacer muchos sacrificios y mucha penitencia para evitar el castigo de Dios. Esta aparición está en curso de Investigación.
En 1973, en Akita, Japón, Nuestra Madre bendita repitió ese mensaje, y dijo que si la humanidad no se convertia recibiría un castigo aún mayor que el diluvio. Aprobada por la Iglesia.
Quedan en el tintero muchas otras apariciones que están en curso de investigación, pero cuyos mensajes siguen la línea de las apariciones mencionadas.
Estas ideologías no se guían, como las ciencias naturales, por el interés de la objetividad y la verdad, sino que su objetivo es cambiar la sociedad existente. Sin embargo, la ciencia objetiva no debe estar precedida por el dogma o el consenso, sino que debe realizarse una investigación metodológicamente correcta, y esta investigación debe ser abierta. Por tanto, las teorías de gėnęrō no son ciencias naturales, sino conceptos de acción con la intención de cambiar el mundo. Por supuesto, uno puede construir una realidad adecuada para sí mismo, pero eso no cambia la realidad existente. No obstante, tiene consecuencias dramáticas para nuestro futuro.
Así, Konrad Lorenz escribió en 1982 anticipándose a la ideología de género: «La creencia errónea de que se puede hacer cualquier cosa del hombre […] subyace a los muchos pecados mortales que la humanidad civilizada comete contra la naturaleza del hombre. Debe tener las más perversas consecuencias si una política mundial, junto con la política que de ella se deriva, se basa en una mentira».
Konrad Lorenz: Die 8 Todsinden der zivilisierten Menschheit, 1982, P.96
Evangelio según san Mateo, 5: 9- 9 «Bienaventurados los pacíficos, porque se llamarán hijos de Dios». (v. 9)
Se llaman pacíficos los que no pelean ni se aborrecen mutuamente, sino que reúnen a los litigantes, éstos se llaman con propiedad hijos de Dios. Esta es la misión del Unigénito: reunir las cosas separadas y establecer la paz entre los que pelean contra sí mismos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4
Es que la “Edad Media” construyó cosas tan horripilantes que incluso hasta el día de hoy existe gente que desea despilfarrar sus ahorros y masacrar sus sentidos con las catedrales góticas y románicas, los manuscritos iluminados, los frescos en las paredes de los claustros o iglesias, la poesía medieval, los cantares de gesta, los vitrales, las esculturas que adornan el interior y el exterior de las casas y edificios, los instrumentos, el canto y la polifonía, etc. Es todo esto lo que un turista que viaje a Europa se obstinará una y otra vez por visitar. ¡Qué masoquistas que somos! Ir a visitar la obra de unos brutos “bárbaros”… Pero…
¿Bárbaros esos monjes que, concibiendo la gama, el ritmo y la armonía, pusieron las bases de la música occidental?
es otro prominente disidente de la ideología de gęnėrõ. Su autoridad es particular, ya que no solamente fue el jefe del departamento de psiquiatría del hospital John Hopkins, sino que fue uno de los miembros del proyecto original de operaciones para la reasignación de gęnėrõ allá por 1960 y fue quien clausuró dicho experimento en 1979 debido al elevado número de sūįcidîøs. Su caso es para remarcar, ya que admite públicamente que se equivocaron tremendamente. Durante los años que fue el director del programa, el Dr. McHugh fue testigo de las nefastas consecuencias en aquellos que se dejaron arrastrar por la ideología del gęnėrõ: “Lo que es más sorprendente, es que la mortalidad por sūįcidîø de los trānsēxūªles se elevó casi 20 veces por encima de la población. Este inquietante resultado aún no tiene explicación, pero probablemente refleja la creciente sensación de aislamiento reportada por el trānsēxūªl después de la cirugía. La alta tasa de sūįcidîøs sin duda desafía el prescribir la cirugía”.
Una de las razones por las cuales la clínica fue cerrada, como ya mencionamos, fue porque las personas tratadas tenían aún más problemas que antes de la operación. La falsa esperanza de que podrían realizarse psicológicamente nunca se cumplió. Fue este doctor quien también afirmó que realizar una intervención quirúrgica en un joven con problemas de identidad de gęnėrõ es como realizar una liposucción en un niño anoréxico o desnutrido.
Y con respecto a mujeres trānsēxūªles postoperatorias, las describió como “caricaturas de mujeres” ya que la cirugía “no logró cambiar la mayoría de las características masculinas”, especialmente con respecto al comportamiento. Por eso, “con estos hechos en la mano, concluí que Hopkins estaba cooperando fundamentalmente con una enfermedad mental. Los psiquiatras, pensé, haríamos mejor en concentrarnos en tratar de arreglar sus mentes y no sus gēnįtales”.
McHugh . Trånsgęnder Surgery Isn’t the Solution
Chiaramonte, Perry -«Controversial Therapy for Pre-Teen Trånsgęnder Patient Raises Questions» Fox News 17 October 2011, http://www.foxnews.com/ us/2011/10/17/controversial-therapy-for-young- transgender-patients-raises-questions.html
McHugh The mind has mountains, p. 222
Dhejne, Cecilia, Paul Lichtenstein, Marcus Boman et al «Long-Term Follow-Up of Trªnssēxual Persons Undergoing Sēx Reassignment Surgery: Cohort Study in Sweden» PLOS ONE, 2011, 6, no. 2
Fitzgibbons, Richard P Trªnssēxual attractions and sexûâl reassignment surgery: Risks and poten- tial risks» J The Linacre Quarterly, 2015, 82, no. 4, pp. 337-350
La palabra “religión” viene del latín religare, que significa “volver a unir”. Así, la religión era aquella forma de espiritualidad que “re- ligaba” al hombre con la divinidad. Sin embargo, no se puede “volver a unir” a lo que nunca se ha desunido, no se puede “re-ligar” a lo que nunca se ha desligado. Por tanto, aparte de la existencia del espíritu, es necesario establecer un punto más para poder dar cuenta del origen de la religión. Es necesario explicar cómo y en qué sentido el hombre se ha separado de la divinidad. En otras palabras, es necesario que sustentemos antropológicamente aquello que en la tradición cristiana se ha llamado pecado original. ¿Pero cómo podría hacerse tal cosa? Obviamente no por medio del registro histórico de vestigios que nos brinda la antropología cultural.
Ello sería sumamente inadecuado dada la naturaleza de la cuestión: la mandíbula de Heidelberg no nos dice nada sobre la mentalidad del hombre al que perteneció, las piedras chellenses no nos dicen de por sí qué tipo de religiosidad tuvieron los hombres que las tallaron. Se debe apelar, entonces, a la antropología filosófica. Habíamos establecido ya que el hombre tiene espíritu. Y, como también habíamos visto, esta facultad espiritual no puede provenir de la sola materia; ergo, tiene que haber sido dada por una entidad inmaterial con capacidad creadora. En otras palabras, el espíritu tiene que haber sido dado directamente por Dios. Así, es por el espíritu que el hombre está constitutivamente ligado a Dios, que es a su imagen y semejanza. Gracias al espíritu el hombre trasciende la naturaleza, piensa a nivel abstracto, genera autoconsciencia, posee libre albedrío, realiza juicios morales… todo ello lo aleja del animal y lo liga a la divinidad, elevándolo en su dignidad.
Es, entonces, por causa de su espíritu que el hombre ha sido destinado a ser feliz en Dios. Y ello no por mero capricho o imposición arbitraria de la divinidad, sino por la naturaleza misma de las cosas. Recuérdese que las potencias del espíritu son el intelecto y la voluntad. El acto del intelecto es el pensar y su objeto último es la verdad; Dios es la esencial y máxima Verdad. El acto de la voluntad es el querer y su objeto último es el bien; Dios es el esencial y máximo Bien. Luego, Dios es el objeto de la felicidad humana. “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Ti”, decía San Agustín. Ahora, dada la naturaleza trascendente y espiritual de dicha felicidad es necesario que el hombre acceda a ella en una condición de conmensurabilidad ontológica, es decir, acogiéndola de un modo consciente y libre.
Y es justamente allí donde viene la ruptura. Por causa de su libre albedrío (no por ley divina ni por causa de su naturaleza) el hombre puede hacer un acto erróneo de autoconsciencia y decir: “Yo soy el fundamento de mi ser, Yo soy el que construyo mi existencia, Yo soy el que me doy la esencia…”. El hombre utiliza el espíritu que le ha sido generosamente dado por Dios para negar a Dios. “Yo no necesito de Dios porque Yo soy mi propio Dios”. Soberbia, egoísmo, idolatría… todo en un solo acto: he ahí la esencia del pecado original. A partir de allí queda afectada la condición humana misma. Siendo el hombre una unidad sustancial de cuerpo y alma, el pecado de su alma afecta a su cuerpo, se ata a él y, en consecuencia, se transmite por generación. Y ello, nuevamente, no por capricho o imposición divina, sino por la naturaleza misma de las cosas. Queda de esta forma el hombre afectado por la concupiscencia, es decir, por aquella tendencia que, sin identificarse con su naturaleza, afecta constantemente a la misma haciéndola tender hacia el mal.
Básicamente se presenta como un desorden de los legítimos apetitos del hombre -tanto corporales como espirituales. Funciona a la inversa de una piedra filosofal: transforma lo esencialmente bueno en accidentalmente malo. Así, convierte al deseo sexual ordenado y legítimo en lujuria, a la sana estima de sí mismo en soberbia, al necesario cuidado del propio interés en egoísmo, a la necesidad de descanso en pereza, a la indignación justificada en ira, al mesurado deseo de bienes en codicia, y así sucesivamente. Entonces, nos encontramos con que el principal efecto del pecado original es que debilita la naturaleza del hombre para que caiga más fácilmente en el pecado actual.
Y todos nos encontramos en esta condición. No es necesario hacer grandes estudios históricos o estadísticos para comprobarlo. Basta con la introspección (¿ o acaso hay alguno de nosotros que siempre haya sido perfectamente mesurado en todos los aspectos mencionados?). Todos somos pecadores.
Y es así como nos hemos des-ligado de Dios. Por supuesto, este análisis se corresponde con el famoso mito judeocristiano de Adán y Eva.
Y aquí utilizamos la palabra “mito” no en el sentido peyorativo de “cosa inventada o falsa”, sino más bien en su acepción más correcta cuando se refiere a tradiciones culturales en el sentido de que se trata de un relato que usando alegorías y metáforas busca dar a entender una verdad muy profunda que, por su misma naturaleza, no puede ser coherentemente explicada en términos de la mera descripción histórico- científica.
Y, ojo, esto es perfectamente compatible con postular que Adán y Eva fueron personas reales pues, más aún considerando las formas de narración antigua, no hay contradicción en que en un relato sobre un suceso real con personas reales se incluyan también elementos alegóricos. Ahora bien, ¿cuáles son las correspondencias de nuestra postulación filosófica con este mito religioso? Varias, a decir verdad.
Primero, tenemos que Dios creó al hombre a su “imagen y semejanza” (Génesis 1: 26) dotándolo de un espíritu para que trascienda la mera naturaleza. “Llenen el mundo y gobiérnenlo, hagan que los peces, las aves y todos los animales que se arrastran los sirvan”, dice la Escritura (Génesis 1: 28). El hombre estaba, entonces, en el “paraíso”, es decir, en un estado de unión armónica con Dios. Pero allí vino la ruptura. Vino la serpiente y tentó al hombre para realizar un “acto erróneo de autoconsciencia”: “Si ustedes comen del fruto de ese árbol tendrán la Ciencia del Bien y el Mal, y entonces serán como Dios” (Génesis 3: 5). Ahí estaba la esencia del pecado original: querer ser como Dios, sin Dios. Adán y Eva sucumbieron a la tentación, comieron del fruto y “en ese momento abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos” (Génesis 3: 7). ¿Significa ello que antes de comer el fruto no tenían inteligencia ni juicio moral? De ningún modo. En virtud de su facultad espiritual ya gozaban de dichas características. Así, por ejemplo, Adán evidenciaba desde ya que tenía inteligencia poniéndole nombre a los animales (Génesis 2: 19- 20) y Eva mostraba su capacidad de juicio moral al rechazar inicialmente la propuesta de la serpiente (Génesis 3: 2- 3). ¿Qué sucedió, entonces?
Que sí, efectivamente, comenzaron a conocer la diferencia del Bien y el Mal pero ya no desde su naturaleza inocente, sino desde su condición culpable. De ahí que se avergonzaran de su desnudez aun cuando sus cuerpos y su sexualidad misma fueran algo bueno. Ya no veían las cosas con ojos de pureza. Estaban afectados por la concupiscencia. Y eso los predispuso para el pecado actual. ¿O qué es esa pretendida “posesión de la Ciencia del Bien y el Mal” sino aquella actitud que tiene el hombre de decir: “Yo construyo mi propia moral, yo soy el dueño del bien y el mal y vivo conforme a eso y como me plazca. No necesito ni quiero a un Dios que me ponga reglas”? Pero no solo se encuentran correspondencias con la tradición religiosa sino también con la tradición filosófica. En efecto, nuestro planteamiento es muy parecido al que hace el gran filósofo alemán Martin Heidegger en torno al tema de lo que él llama “la caída”.
Básicamente lo que nos dice Heidegger es que el gran problema del hombre es que se proclama a sí mismo sujeto (de latín subjectum, fundamento), se olvida de la “verdad del Ser” y se entrega al “dominio de los entes”. Pecado original, ruptura con Dios, concupiscencia, pecado actual… un evidente correlato teológico que Heidegger no querría aceptar pero que muchos han encontrado en su obra. Por ejemplo, el famoso filósofo argentino José Pablo Feinmann ha dicho: “Yo no dudaría en afirmar y discutir con quien lo desee que el Ser de Heidegger es Dios”. Así pues, la caída heideggeriana prácticamente se identifica con el pecado original judeocristiano. Basta con traducir en ética la ontología (cosa que no es muy difícil para un paradigma aristotélico como el que estamos manejando): el mal reside en el que el hombre, en su existencia, viva fuera de su esencia. La plenitud de la existencia humana se halla en Dios.
Es Él la realización plena de nuestra emoción, intelecto y voluntad. Pero podemos elegir rechazarlo. Podemos expulsarnos a nosotros mismos del paraíso… “Expulsado de la verdad del ser, el hombre no hace más que dar vueltas por todas partes alrededor de sí mismo en cuanto animal rationale”, escribe Heidegger. ¿No es acaso esta la situación de todos nosotros luego del pecado original? Se puede debatir, si se quiere, sobre la arbitrariedad de las religiones, pero nunca sobre su necesidad. Es obvio que necesitamos re- ligarnos con la divinidad.
San Agustin, Confesiones Lib. I, cap.I, n. 1
Pecado actual: Dícese de aquel en el que caemos cada uno de nosotros en particular por nuestra propia voluntad
Para más detalles y análisis de las diversas acepciones de la palabra «mito» véase: Jessi Furió, Mito, Ed Labor Barcelona, 1976
José Pablo Feinmann La Filosofia y el Barro de la Historia Ed. Planeta Buenos Aires, 2008 p. 66
Martin Heidegger, Carta Sobre el Humanismo París, 1946