Categoría: Vida

Falsos modelos

Falsos modelos
Un modelo es un “arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo”. En las acciones morales es un ejemplar que se debe seguir e imitar por su perfección.
En este orden de ideas, hay que decir que toda persona adopta un modelo en su vida, alguien a quien admira y considera digno de imitar. Hoy, los medios de comunicación, con su gran capacidad de influenciar, son los encargados de fijar dichos modelos tanto a adolescentes, como a adultos y niños. Pero, ¿qué clase de modelos nos fijan? ¿Qué personas nos incitan a imitar? Se miden estos modelos por una capacidad artística o por su belleza o su fama o por su dinero; y eso sí que es difícil de imitar, en la mayoría de los casos, imposible. Por lo general son “modelos” escandalosos, que viven de espaldas al Evangelio y que incitan a lo pecaminoso, que, en muchos casos, sirven de instrumentos al “príncipe” de este mundo para llevar las almas a la perdición. Los falsos modelos que hoy se ponen como punto de referencia son cantantes, artistas, modelos, famosos, hombres de ciencia que se jactan de ser ateos, prototipos, en la mayoría de los casos, superfluos y vacíos, que incitan a la impureza, a la promiscuidad, al culto del cuerpo, a la ambición, a la rebeldía, e incluso a la incredulidad y al rechazo y oposición a la fe.
El cristiano sabe que los auténticos modelos, dignos de imitar, son los santos: personas arrolladoras, líderes, valientes, entusiastas, arriesgadas, emprendedoras, virtuosas y muy heroicas que dejaron su huella en la historia. Todas ellas, personas que han dado su vida para que otros tengan vida, personas que le han aportado a la sociedad y que han hecho algo verdaderamente noble por la humanidad sin esperar retribución alguna. Madre Teresa, Don Bosco, Juan Pablo II, ellos sí que son dignos de imitar, pues ¡han llevado una vida grande! Ellos han encarnado el Evangelio en sus vidas, han vivido la imitación de Cristo y de su Santísima Madre, quienes deben ser nuestros principales modelos. Los santos nos hacen creíble el Evangelio.
Mientras estudiaba en la universidad de París, San Francisco Javier, tuvo la fortuna de encontrarse con el gran San Ignacio de Loyola, quien le repetía incansablemente aquellas palabras del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” Palabras que lo llevaron a renunciar a su vida mundana y a entregar su vida a Jesucristo. Y es que un verdadero cristiano sabe que este mundo es un lugar de peregrinación y que su patria definitiva es el Cielo, mientras que un mundano (palabra que usamos para designar a la persona que se encuentra invadida, y es guiada, por el espíritu del mundo) se aferra a él incansablemente.
En definitiva, no queda duda que el mundo es un enemigo del alma con el que el hombre tendrá que luchar hasta el último instante de su vida: “esta situación dramática del mundo que “todo entero yace en poder del maligno” (1 Jn 5,19; cf. 1 Pe 5,8), hace de la vida del hombre un combate: A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor… ”. Ante dicha realidad, el hombre está llamado a combatir, pues es imposible pertenecer a Jesús y al mundo. No se puede conciliar el espíritu del Evangelio con el espíritu del mundo. Es hora de dejar de ser mundanos y de permitir que sea el Espíritu Santo quien conduzca nuestras vidas. Desde el inicio (Gén 3,15), el mismo Dios dividió la humanidad en dos bandos, los descendientes de la Mujer, Cristo y sus discípulos, y los descendientes de la serpiente, los que pertenecen al mundo dominado por el diablo. ¿De qué bando queremos estar? No hay punto medio, o se está de un lado, el del Evangelio de Jesucristo, o se pertenece al mundo, dominado por el diablo.

Distribución

Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29).

Los “talentos” no están distribuidos por igual (cf Mt 25, 14-30, Lc 19, 11-27) 1937 Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten.

Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras: «¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o dándole a éste una y al otro otra particular? [] A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva [] En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros [] He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí» (Santa Catalina de Siena, Il dialogo della Divina provvidenza, 7).

Burlas y persecuciones

Cuando una persona está en un cuarto oscuro por un largo tiempo, y viene alguien y de repente enciende una bombilla, ésta se siente encandilada, siente que la luz le fastidia, no la soporta e intenta apagarla. Esto mismo le ocurre al mundo, se encuentra sumergido en las tinieblas del pecado, y es por ello que cuando viene un cristiano con la luz de Cristo, le fastidia, le incomoda y por ello intenta apagarlo. Es así como, cuando el mundo no logra seducirnos y conformarnos a su mentalidad entonces intenta desanimarnos y apabullarnos a través de burlas y persecuciones.
Pero no hay que olvidar que el cristianismo siempre ha estado marcado por la persecución, el mismo Cristo la padeció y nos advirtió que sus discípulos serían aborrecidos y perseguidos por el mundo: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de toda clase de males” (Mt 5,11). En sus inicios, el cristianismo fue víctima de violentas y sangrientas persecuciones, que se daban abiertamente, y en las que cientos de mártires derramaron su sangre. Ahora, asistimos a una persecución solapada pero feroz, a una persecución moral que se da a través del lenguaje -chistes y burlas que ridiculizan lo sagrado, lo piadoso y lo moral-, de los medios de comunicación -que se encarnizan mostrando aquellas noticias escandalosas en que aparece involucrado un sacerdote o una religiosa-, de las leyes -que atentan contra la vida, la familia, el matrimonio, la libertad religiosa-. En fin, es una persecución cultural, donde tal vez no se prohíbe abiertamente el cristianismo, pero donde la estrategia es crearle un ambiente totalmente adverso. Una persecución que busca acorralar el cristianismo, que quiere sacar la fe del ámbito público y reducirla a lo privado.
Pero Jesús nos dijo “felices los perseguidos por causa mía”, por ello debemos estar alegres, tener la frente en alto y estar dispuestos a dar la batalla. Debemos ser valientes, ir contra corriente y no resignarnos a la mediocridad de este mundo, pues los mediocres solo se burlan de aquellos a quienes no pueden imitar

Igualdad

Creados a imagen del Dios único y dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad

Pecado y pecador

Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo

Prójimo

El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40)

El respeto a la persona humana

supone respetar este principio: «Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como “otro yo”, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente» (GS 27). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un “prójimo”, un hermano