Más arriba hemos hecho mención de los congresos y públicas asambleas, por ser reuniones donde los modernistas procuran defender públicamente y propagar sus opiniones. Los obispos no permitirán en lo sucesivo que se celebren asambleas de sacerdotes sino rarísima vez; y si las permitieren, sea bajo condición de que no se trate en ellas de cosas tocantes a los obispos o a la Sede Apostólica; que nada se proponga o reclame que induzca usurpación de la sagrada potestad, y que no se hable en ninguna manera de cosa alguna que tenga sabor de modernismo, presbiterianismo o laicismo. A estos congresos, cada uno de los cuales deberá autorizarse por escrito y en tiempo oportuno, no podrán concurrir sacerdotes de otras diócesis sin Letras comendaticias del propio obispo. Y todos los sacerdotes tengan muy fijo en el ánimo lo que recomendó León XIII con estas gravísimas palabras(30): «Consideren los sacerdotes como cosa intangible la autoridad de sus prelados, teniendo por cierto que el ministerio sacerdotal, si no se ejercitare conforme al magisterio de los obispos, no será ni santo, ni muy útil, ni honroso»
CARTA ENCÍCLICAPASCENDIDEL SUMO PONTÍFICEPÍO XSOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS
En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La gracia del Reino es “la unión de la Santísima Trinidad toda entera con el espíritu todo entero” (San Gregorio Nacianceno, Oratio 16, 9). Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con
Él. Esta comunión de vida es posible siempre porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo (cf Rm 6, 5). La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo. Sus dimensiones son las del Amor de Cristo (cf Ef 3, 18-21).
Una voz grita en el desierto: «Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios.» EL profeta declara abiertamente que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres. Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo. Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas. Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres. Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén. Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas. ¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión? Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra
De los comentarios de Eusebio de Cesarea, obispo, sobre el libro de Isaías (Cap. 40: PG 24, 366-367)
Aleluya, aleluya, aleluya. Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Toda carne verá la salvación de Dios. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO Mc 1, 1-8.
Enderezad los senderos del Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
COMIENZA el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino; voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos”». Se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
Al momento de la consagración de la capilla de Einsiedeln:
ochenta años después de la muerte de San Meinrado, un piadoso ermitaño de familia de príncipes, llamado Eberhard, fue a duplicar a Conrado, obispo de Constancia, que fuese a consagrar la Capilla del Santo. Fue allá Conrado, y la noche que precedio a la ceremonia, al ir a la iglesia oyó un coro de espiritus celestes que cantaban antifonas y responsos de la consagracion. Entro, vio un gran numero de Ángeles y a Nuestro Señor vestido con ornamentos episcopales desempeñando las funciones de oficiante. La estupefaccion lo dejo inmovil, pero continuo mirando con atencion, Jesus empleaba las palabras y los ritos prescritos a los obispos por el pontificias para esta circunstancia. Los cuatro evangelistas permenecían continuamente detrás de El quitandole y poniendole la mitra. Los angeles, colocados en circulo alrededor del altar,, incendiaban con incensarios de oro; San Pedro cerca de su maestro, tenía el báculo; de pie a su lado, San Jorge llevaba el hisopo; San Agustin y San Ambrosio, servian al Señor de prelados, Lorenzo la de los santos oleos; San Miguel desempeñaba el oficio de maestro de capilla; y los Angeles cantaban los versiculos, los responsos y los salmos. La Madre de Dios, a quien se le dedico el altar y la capilla, aparecía mas brillante que el sol, mas refulgente que la luz. Cuando termino la consagracion Cristo tomo su casulla, subio al altar y comenzó la Misa Solemne. San Esteban canto la epistola, San Lorenzo el evangelio, y a los Ángeles de les oia cantar dulces canticos. He aqui como cantaron el Sanctus y el Agnus Dei, Santo, Santo es el Señor, Dios Santo, tenés piedad de nosotros en esta iglesia consagrada a la virgen.El Cielo y la tierra estan llenos de vuestro esplendor. !Hosanna en las alturas!, Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de los vivos que creen en Ti! Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de los muertos y dales el descanso eterno! Cordero de Dios que cargas con el peso de los pecados del mundo, concede en tu Reino bienaventurado la paz a los vivos y a los muertos. En el Dominus Vobis cum, ellos respondian: Que esta sentado por encima de los querubines y que su mirada penetrante hasta al abismo Concluida la misa, la corte celestial desaparecio, y San Conrado, lleno de alegria y consuelo, quedo solo. En las cenizas que cubrian el suelo de la capilla consagrada, reconocio la huella de los pies de Nuestro Señor, y en los muros, las señales de las unciones. A la mañana siguiente el clero y los demas asistentes querian que el obispo consagrada el oratorio. No puedo hacerlo, contesto, el cielo lo ha hecho ya. A pesar de esto, se le obligo a comenzar la ceremonia. Entonces una voz celestial que todos oyeron claramente, repitio por tres veces: «Detente, hermano mio, Dios mismo ha consagrado está capilla». Renuncio, naturalmente, a hacer la consagracion, y envio a Roma la narracion de este hecho maravilloso que es el testimonio mas autentico de la sublimidad de la Santa Misa, puesto que Nuestro Señor mismo se digno a celebrarla. Quien hubiera podido estar en ese momento al lado del obispo Conrado y haber podido admirar con el ese prodigio! Cuan grande hubiera sido nuestro arrobamiento, nuestra delicia y nuestra devocion!pero de todos modos debemos recogíamos al solor conocimiento de que Cristo celebro la Misa del mismo modo en que se celebra entre nosotros. *Esta consagracion se verifico el 14 de Septiembre del año 948, y es relatada por el mismo obispo San Conrado en su Libro De Secretis Este evento fue investigado y confirmado por el papa León VIII y posteriormente ratificado por muchos de sus sucesores, siendo la última ratificación del papa Pío VI en 1793, que confirmó los actos de todos sus predecesores. Abadía de Einsiedeln
Una de las mas útiles ciencias es el conocimiento exacto de uno mismo. Gran sabiduria, gran perfeccion es no estimarse uno en mas de lo que vale, y cultivar un gran aprecio y una elevada opinion acerca de los demas En caso de ver pecar evidentemente a otro y de que conste que ha cometido faltas muy graves, ni aun asi debes creerte mejor que el, porqué no sabes si permaneceras siempre en la virtud (no hay falta que otro haya cometido que tú no la puedas cometer) Porque todos somos débiles espiritualmente. Pero de ninguno creas que es mas débil que tú. Imitacion de Cristo (Tomás de Kempis)
Dichas estas cosas en general, mandamos especialmente que se guarde con diligencia lo que en el art. 42 de la constitución Officiorum se decreta con estas palabras: «Se prohíbe a los individuos del clero secular tomar la dirección de diarios u hojas periódicas sin previa licencia de su ordinario». Y si algunos usaren malamente de esta licencia, después de avisados sean privados de ella.Por lo que toca a los sacerdotes que se llaman corresponsales o colaboradores, como acaece con frecuencia que publiquen en los periódicos o revistas escritos inficionados con la mancha del modernismo, vigílenles bien los obispos; y si faltaren, avísenles y hasta prohíbanles seguir escribiendo. Amonestamos muy seriamente a los superiores religiosos para que hagan lo mismo; y si obraren con alguna negligencia, provean los ordinarios como delegados del Sumo Pontífice.Los periódicos y revistas escritos por católicos tengan, en cuanto fuere posible, censor señalado; el cual deberá leer oportunamente todas las hojas o fascículos, luego de publicados; y si hallare algo peligrosamente expresado, imponga una rápida retractación. Y los obispos tendrán esta misma facultad, aun contra el juicio favorable del censor
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*Anthony de Mello time escritos que fueron censurados en su momento por la iglesia, aun asi se siguen vendiendo en librerias catolicas
Es saludable aviso del Señor, nuestro maestro, que el que persevere hasta el final se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza lleguen a dar su fruto. Pues no vamos en pos de una gloria presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión de Dios, lo que creemos y esperamos. En otra ocasión, el mismo Apóstol recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus tesoros en el cielo para obtener el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. Estas palabras exhortan a que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó. En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrirlo todo. Y en otro pasaje escribe: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vinculo de la paz. Con esto enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz si no se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo de la unidad, con auxilio de la paciencia
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes de la paciencia (Núms. 13 y 15: CSEL 3, 406-408)
Es saludable aviso del Señor, nuestro maestro, que el que persevere hasta el final se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza lleguen a dar su fruto. Pues no vamos en pos de una gloria presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión de Dios, lo que creemos y esperamos. En otra ocasión, el mismo Apóstol recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus tesoros en el cielo para obtener el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. Estas palabras exhortan a que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó. En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrirlo todo. Y en otro pasaje escribe: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vinculo de la paz. Con esto enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz si no se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo de la unidad, con auxilio de la paciencia
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes de la paciencia (Núms. 13 y 15: CSEL 3, 406-408)