Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
La palabra de Dios es viva y eficaz;
juzga los deseos e intenciones del corazón.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mt 23, 23-26.

Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera».

Palabra del Señor.

El velo del cáliz

es un pequeño paño del mismo color y tela de la casulla (o siempre blanco), que sirve para cubrir todo el cáliz desde el comienzo de la misa hasta el ofertorio; y luego, después las abluciones. No es obligatorio usarlo, pero la Instrucción General del Misal dice que es un uso loable (núm. 118).
La presencia de cortinas y velos en la liturgia se debe al culto judío. Por ejemplo, a la entrada del santuario en el templo de Jerusalén, el velo era una señal de reverencia ante el misterio de la “Shekinah”, la presencia divina.
El velo es un signo de la necesidad de no tocar con las manos impuras, cosas sagradas: un símbolo de la pureza espiritual de la necesidad de estar más cerca de Dios. Si la liturgia se compone de símbolos, esta es una de las más importantes. En principio, los vasos sagrados, cuando no esté en uso, siempre están velados para aludir a la riqueza que se esconde allí. Es por ello que el cáliz debe cubrirse cuando no se usa.

Alzar las manos del sacerdote


Éxodo
17:11 Mientras Moisés tenía las manos alzadas, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec.17:12 Como los brazos de Moisés se cansaran, ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.Así resistieron sus brazos hasta la puesta del sol.

Agnosticismo

Pero volvamos un momento, venerables hermanos, a aquella tan perniciosa doctrina del agnosticismo. Según ella, no existe camino alguno intelectual que conduzca al hombre hacia Dios; pero el sentimiento y la acción del alma misma le deparan otro mejor. Sumo absurdo, que todos ven. Pues el sentimiento del ánimo responde a la impresión de las cosas que nos proponen el entendimiento o los sentidos externos. Suprimid el entendimiento, y el hombre se irá tras los sentidos exteriores con inclinación mayor aún que la que ya le arrastra. Un nuevo absurdo: pues todas las fantasías acerca del sentimiento religioso no destruirán el sentido común; y este sentido común nos enseña que cualquier perturbación o conmoción del ánimo no sólo no nos sirve de ayuda para investigar la verdad, sino más bien de obstáculo. Hablamos de la verdad en sí; esa otra verdad subjetiva, fruto del sentimiento interno y de la acción, si es útil para formar juegos de palabras, de nada sirve al hombre, al cual interesa principalmente saber si fuera de él hay o no un Dios en cuyas manos debe un día caer.
Para obra tan grande le señalan, como auxiliar, la experiencia. Y ¿qué añadiría ésta a aquel sentimiento del ánimo? Nada absolutamente; y sí tan sólo una cierta vehemencia, a la que luego resulta proporcional la firmeza y la convicción sobre la realidad del objeto. Pero, ni aun con estas dos cosas, el sentimiento deja de ser sentimiento, ni le cambian su propia naturaleza siempre expuesta al engaño, si no se rige por el entendimiento; aun le confirman y le ayudan en tal carácter, porque el sentimiento, cuanto más intenso sea, más sentimiento será.
En materia de sentimiento religioso y de la experiencia religiosa en él contenida (y de ello estamos tratando ahora), sabéis bien, venerables hermanos, cuánta prudencia es necesaria y al propio tiempo cuánta doctrina para regir a la misma prudencia. Lo sabéis por el trato de las almas, principalmente de algunas de aquellas en las cuales domina el sentimiento; lo sabéis por la lectura de las obras de ascética: obras que los modernistas menosprecian, pero que ofrecen una doctrina mucho más sólida y una sutil sagacidad mucho más fina que las que ellos se atribuyen a sí mismos
CARTA ENCÍCLICA PASCENDI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO X SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

La fecundidad del matrimonio

La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que “está en favor de la vida” (FC 30), enseña que todo “acto matrimonial en sí mismo debe quedar abierto a la transmisión de la vida” (HV 11) “Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (HV 12; cf Pío XI, Carta enc. Casti connubii)

Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (cf Ef 3, 14; Mt 23, 9) “En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana” (GS 50, 2).

Oración

Afianza, Señor, en nosotros aquella fe con la que san Bartolomé, tu apóstol, se entregó sinceramente a Cristo, y haz que, por sus ruegos, tu Iglesia se presente ante el mundo como sacramento de salvación para todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos

Evangelio

Aleluya, aleluya.
Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Aleluya.

EVANGELIO
Jn 1, 45-51.

Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.

Lectura del santo Evangelio según San Juan.

En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: -«Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.» Natanael le replicó: -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» Felipe le contestó: -«Ven y verás.» Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: -«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Natanael le contesta: -«¿De qué me conoces?» Jesús le responde: -«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Natanael respondió: -«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús le contestó: -«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.» Y le añadió: -«Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor.

Cruz

Ezequiel 9

4 y Yahvé le dijo: «Recorre la ciudad, Jerusalén, y marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en ella.»

Purificador

lienzos que sirvieron para sepultarle


El purificador es un paño rectangular que se suele plegar longitudinalmente, que suele tener una cruz o símbolo litúrgico estampada en el centro. Se utiliza a modo de toalla en la limpieza de los vasos sagra­dos o la cruz cuando es besada. No se debe adornar en exceso y debería ser de lino blanco o de otro tejido absorbente.
Antes de la Misa se coloca sobre el cáliz, y encima del purificador se dispone la patena con la hostia de mayor tamaño. En el ofertorio, antes de preparar el cáliz, se coloca a la derecha del corporal, y de ahí es tomado para ser usado por el sacerdote. Tras las abluciones, se vuelve a colocar encima del cáliz, como al inicio de la Misa.
El purificador se adoptó como diferente del paño del lavabo en el siglo XIV pero todavía en el siglo XVI no era constante la distinción de estas dos prendas. Se usa para purificar el cáliz.

Jesús con ningún pecado fue tan duro

Jesús acogió a pecadores, a publicanos y prostitutas, comió con ellos, y los hizo amigos y discípulos suyos; sin embargo, vemos en el Evangelio cómo trataba con dureza a los escribas y fariseos: “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas… sepulcros blanqueados… serpientes, raza de víboras” (Mt 23,13), nos parece sorprendente cómo Jesús, que nos trae la Buena Nueva del amor y la misericordia de Dios, pueda hablarles de tal manera; ¿acaso no eran ellos los más observantes de la ley? ¿Acaso no pertenecían al pueblo elegido? Había una sólo razón para que Jesús reaccionara de tal manera frente a ellos: la soberbia y obstinación que había en sus corazones, hasta el punto de creerse santos y ya salvados. Él nunca rechazó a un pecador, pero sí a los soberbios: “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Sant 4,6), “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52), “porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (Lc 14,11). La soberbia es un pecado tan grave ante Dios – pues es querer ocupar el lugar de Dios mismo- que hizo de ángeles, demonios; tal fue el caso de Satanás.

Muchas veces tendemos a confundir la humildad con la pobreza, y creemos que los únicos soberbios son los ricos. También, muchos de nosotros nos creemos humildes, simplemente, porque no somos vanidosos o arrogantes o porque no alardeamos de lo que tenemos. Sin embargo, hay que decir que la soberbia se manifiesta de múltiples maneras y es solapada, es decir, se esconde, y muchos de los que la padecen ni siquiera lo advierten. Por ello, es necesario hacer un intento de descripción del espíritu soberbio para examinarnos al respecto:

a) El soberbio es egoísta

Egocéntrico: “primero yo, segundo yo, tercero yo…”

Siempre está hablando de sí mismo: “yo quiero, yo pienso, yo tengo…”

Quiere que le den (ser amado) y no da (no ama).

Quiere ser servido y no servir.

Es posesivo: “mi cuarto, mis cosas… lo mío.”

Vive para sí, para procurarse placeres, es individualista y por tanto termina sólo.

El humilde, en cambio, vive para los demás, se dona, se entrega, y se hace servidor de todos; y por ello, al humilde todos lo quieren.

b) El soberbio se cree muy bueno

No reconoce sus errores.

La culpa siempre la tiene el otro.

Cree que no tiene nada que cambiar “yo no mato, yo no robo”… “este retiro no es para mí.”

No reconoce sus pecados “¿por qué me voy a confesar con un cura más pecador que yo?”

Es rencoroso, no perdona y no sabe pedir perdón.

Siempre gana la pelea, la discusión, y termina por perder familia, amigos, trabajo… La soberbia no deja sino desastres y pérdidas. El humilde en cambio cede y gana más.

El soberbio se enoja cuando no consigue lo que quiere.

c) El soberbio siempre quiere tener la razón

Levanta la voz.

Se impone: “aquí se hace lo que yo digo.”

Cree que se las sabe todas: “¿estos ignorantes creen que me van a enseñar a mi?”

Es un racionalista que todo lo pone en duda (hace preguntas para cuestionar).

Se atreve a negar a Dios porque no le cabe en su cabeza; pretende someterlo a una prueba de laboratorio.

d) El soberbio no obedece

Es rebelde: “a mí nadie me manda.”

No obedece ni la ley de Dios, ni a sus superiores: “yo sé lo que me conviene.”

No escucha consejos, y acaba mal.

e) El soberbio se cree mejor que los demás

Siempre quiere ser el primero.

No acepta las derrotas.

Es impaciente y grosero.

Trata a los demás con desprecio.

Humilla a sus empleados.

Mira con desprecio a los pobres e indigentes.

Se cree más por su riqueza (carros, casas, ropa), belleza, inteligencia (titulos).

Busca siempre la comodidad, los lujos.

Se queja de la incomodidad, no soporta el menor sacrificio.

Reniega ante el sufrimiento.

f) El soberbio vive de las apariencias

Siempre está aparentando lo que no es.

Busca ser alabado y reconocido.

Vive del qué dirán: “me miró, no me miró… me dijo, no me dijo.”

Quiere llamar siempre la atención: es bulloso y extravagante.

El soberbio es ambicioso.

g) El soberbio se cree autosuficiente

Cree no necesitar de los demás, ni de su familia, ni de Dios.

Llega la enfermedad y le reduce a la dependencia de los demás.

En definitiva, hay que decir que la soberbia es inseguridad, baja autoestima; el soberbio pide a gritos “quiéranme”, “préstenme atención”, “¿soy importante?”. El soberbio es un pobre esclavo que se esconde permanentemente bajo una máscara.

Los hijos de María debemos tener especial cuidado de no caer en la soberbia, pues nuestra amada madre se hizo al esclava del Señor, se humilló, se reconoció como una criatura pobre y necesitada de su Dios. Y mucho más cuidado aún debemos tener con la soberbia espiritual, aquella que nos puede hacer creer que ya somos santos, que somos más buenos y más virtuosos que los demás, que tenemos el derecho de juzgar y condenar a nuestro prójimo; ésta soberbia sí que es aborrecida por Dios.